Magacín CDMX
Alejandro Lelo de Larrea
En el PT, un sector del PVEM y Movimiento Ciudadano tienen decidido: van a votar en contra de la propuesta de reforma electoral que, hasta este momento, no ha planteado formalmente como iniciativa la presidenta Claudia Sheinbaum, quien todavía está a tiempo de revalorar si continúa con este proyecto destinado al fracaso o mejor se retracta para no enfrentar una derrota política.
Sería un descalabro importante para la mandataria, porque puede decirse que es la primera que plantea por sí misma, pues todo lo que se ha aprobado, incluso sus iniciativas desde que asumió el Gobierno, es la agenda programática que heredó de su antecesor, el presidente emérito Andrés Manuel López Obrador.
De fondo, sigue sin quedar claro cuál ha sido la intención de Sheinbaum, que hasta creó una comisión de trabajo que se supone redactó una iniciativa de reforma electoral que, de acuerdo con filtraciones a la prensa, lo que pretendía era aniquilar a sus aliados, el PVEM y el PVEM, y de pasadita a Movimiento Ciudadano.
No queda claro quién mal asesoró a la presidenta. O quién no fue capaz de decirle la verdad, que sus aliados jamás aceptarían darse un tiro en la sien, pues tal escenario era una insensatez de quien le vio alguna viabilidad.
Aunque diga que no, la pretendida reforma de Sheinbaum no era otra cosa que sepultar el pluripartidismo mexicano y volver a los tiempos de la hegemonía priísta, hoy color guinda, quizá con un partido como “segunda fuerza”, que en realidad sólo la haría de comparsa, como fue el PAN durante varias décadas, excepto ciertos momentos con personajes extraordinarios, como sus fundadores y en menos distante con la aparición en la escena política de Manuel J. Clouthier, Maquío, en 1988.
Nadie más existía en esos tiempos, salvo de manera testimonial la izquierda que fue “legalizada” con la reforma electoral de 1977, y que entre otros beneficiarios fue Pablo Gómez, a quien hicieron diputado federal y hoy paradójicamente quiere destrozar esa escalera que le permitió integrarse en el esquema político nacional y vivir 50 años pegado a la ubre del presupuesto.
Pero no, los mismos partidos que aparecieron en 1991 para abrir el abanico al pluripartidismo, el PVEM y el PT, son los que ahora no van a permitir que se destruya ese modelo que permite de manera importante la representación de las minorías.
Aunque Movimiento Ciudadano (Convergencia Democrática) apareció seis años después, tampoco debería ir con ese proyecto que lo sepultaría. Hay quienes han hablado de escenarios de entrega de gubernaturas a cambio del voto por esta reforma de Sheinbaum, pero se olvidan de un principio lógico de los partidos: ¿van a poder gobernar prácticamente sin diputados federales y sin senadores? Durarán, en el mejor de los casos, seis años y vendría la extinción definitiva de esos partidos.
No hay duda que el plan presidencial es ese, porque las experiencias recientes de Bolivia y Venezuela nos enseñan que las reformas electorales propuestas desde el Gobierno sirvieron para endurecer el sistema y llevar al modelo de partido único, con un enorme déficit democrático, en el caso de Bolivia, o de plano una dictadura, como Venezuela.
Hay excepciones de personajes que desde el Gobierno han propuesto reformas políticas para abrir el sistema, como fue el caso de Jesús Reyes Heroles, en 1977, que incluyó la legalización del Partido Comunista Mexicano. Incluso, guardadas proporciones, Ernesto Zedillo, con la gran reforma de 1996 que permitió la alternancia no sólo en el 2000, sino 2012 y 2018. Sin esa enmienda, López Obrador jamás habría sido presidente.
Con la reforma que plantea Sheinbaum –sólo se conoce mediáticamente–, pero que no ha formalizado aún, es posible incluso que ni el PAN se salve, o si pervive, probablemente sería como en los viejos tiempos, una representación ínfima en el Congreso y sin gubernaturas. Ese es el pretendido modelo de Sheinbaum que, seguramente no va a transitar en lo más mínimo. Lo veremos.





